Para ti: lecciones de un viaje inesperado I

Llegó el día. Con tan sólo dos horas de sueño y más energía que cansancio, partimos rumbo al aeropuerto de Monterrey. Llegamos directo a desayunar y rápidamente se combinaron el famoso “mal del puerco” con mi falta de sueño para sentir unas ganas de dormir intensas. Tanto así que, al abordar, no habíamos ni despegado y yo ya estaba en mi quinto sueño.

Cuatro horas después, a las 12:00.p.m de México y 1:00 p.m de Nueva York, el sonido del aterrizaje me despertó de golpe. Miré atentamente a mi alrededor, abrí mi ventana y sí, todo era real, estaba aterrizando en el aeropuerto “John F Kennedy”. No podía esperar para bajarme y reconocer la ciudad pero por cuestiones de tráfico de aterrizajes, no nos permitían salir del avión. Estuvimos una hora esperando y poco a poco comencé a sentir una desesperación terrible combinada con un dolor de cabeza y mareo insoportable. ¿Por qué ahorita? “No pasa nada”, pensé. Ya estamos saliendo, sólo falta migración y listo. Pobre de mí, no tenia idea de lo que me esperaba.

Bajamos del avión a las 2:00 p.m –hora de Nueva York– y nos dirigimos a migración. Mi cuerpo no estaba respondiendo, cada paso que daba era un sacrifico. Mi cabeza iba a estallar y no sé por qué razón no podía enfocar la vista. De pronto llegamos a un pasillo con una fila de personas increiblemente larga. ¿Es esta la fila de migración? “Sí”, me respondió un paisano que estaba delante de nosotros. La fila estaba tan larga que llegaba hasta un segundo piso y cada cierto tiempo un oficial iba bajando a las personas para que la continuaran ya en el piso de la aduana. La situación no se pudo haber puesto peor. Realmente no aguantaba, me sentía pésimamente mal y la espera estaba para unas tres horas y media de acuerdo con un oficial estadounidense. Tenía que distraerme, caminar un rato, intentar agarrar aire, hecharme agua, cualquier cosa. Le dije a Roberto que me esperara y busqué un baño en el pasillo pero no encontré ninguno. Fui entonces a preguntarle a un oficial y me dijo que los baños estaban en el piso de abajo, justo donde continuaba la fila y donde estaban los cubículos de migración. Yo pensé que no me iba a dejar bajar por la posibilidad de tomarlo como una excusa y saltarme toda la fila del segundo piso. Sin embargo, no hubo necesidad de dar ninguna explicación para que me dejaran pasar.

Cuando salí del baño volteé a mi alrededor y vi toda la fila que aún nos esperaba al bajar. Me dio una enorme tentación de ya no volver arriba y quedarme a hacerla desde aquí. “Nadie se va a dar cuenta y aparte realmente me siento muy mal” pensaba yo como tratando de justificar la opción. Sin embargo, escuché una voz en mi cabeza disfrazada de conciencia que me decía: “no puedes pedirle a la gente que haga algo que tu no estás dispuesto a hacer”. Esto refiriéndose al discurso de cambiar al mundo y hacer lo correcto que tiene la plática que doy en conferencias. Rápidamente senté cabeza y me dirigí de nuevo a las escaleras para reintegrarme a la fila. El oficial encargado de dar el paso para el piso de abajo, sin acordarse de mí, me dijo: “si ya estás abajo no puedes regresar”. Le contesté que sólo había ido al baño y no era justo quedarme allá porque estaría saltándome más de la mitad de la fila. Finalmente, con cara de sopresa y perplejidad, el oficial me dejó pasar. Volví entonces con Roberto, le conté de lo que me había percatado y coincidió conmigo de que había hecho lo correcto. Atrás de nosotros estaba un paisano con su esposa e hijos que se veía algo desesperado por la fila y estaba tratando de encontrar alguna forma de poder evitarla. Al escuchar lo que le conté a Roberto, desgraciadamente le di la idea que estaba buscando y comenzó a preparar su estrategia. Delante de nosotros había otra pareja, jóven, de unos 35 años en promedio, que escucharon mi historia e inmediatamente me preguntaron “¿A poco sólo dices que vas al baño y te dejan bajar?” Yo les respondí que sí, pero que no me quedé porque no era correcto. Al escuchar mi respuesta, hubo dos reacciones totalmente opuestas entre la familia y la pareja: en los primeros, el señor de la familia se calmó inmediatamente y, con algo de culpa, paró todo plan que tenía para saltarse la fila. Quizás porque recapacitó y se sintió culpable de la enseñanza que le iba a estar dando a sus hijos incitándolos a cometer un acto deshonesto, o quizás porque Roberto y yo le pusimos el ejemplo al no hacerlo, no lo sé. De lo único que sí tengo certeza es de que el señor decidió hacer lo correcto y cerró el dilema con un “tienen razón, hagámoslo bien”. Por otro lado, la pareja jóven hizo caso omiso de todo y sordeadamente decidieron caminar hacia el guardia del acceso con la excusa de “ir al baño”. Al ver cómo iban bajando las escaleras, confieso que sentí mucha impotencia y coraje, pero al mismo tiempo una gran satisfacción de haber sido parte de la solución y no del problema.

La fila avanzaba lentamente y mi malestar físico no parecía ceder. Ya había pasado alrededor de una hora del suceso del baño y ya nos estaban dando el paso al piso de abajo. “Bueno, por lo menos un nuevo panorama.” Me dije trantando de ver algo de luz en mi oscuridad. Bajamos y seguimos la fila ya en el piso de abajo faltando alrededor de dos horas y media para terminar el proceso cuando de pronto un oficial se acercó justamente a donde estábamos Roberto y yo para decirnos que pasáramos a una nueva fila que se había abierto. En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos a punto de pasar migración y por fin salir del infierno que estaba viviendo. Lo curioso sucedió cuando ya al terminar el trámite aduanal y estar del otro lado, me percaté de que la pareja que había decidido saltarse la fila todavía no pasaba. Como ellos se adelantaron, no alcanzaron a unirse a esta nueva fila que se formó en la cual Roberto y yo fuimos los primeros en pasar. La vida nos estaba recompensando por haber hecho lo correcto y a la vez dando un mensaje muy claro del que no se necesitaba mucho pensar para percatarse de él.

Lección I:Actúa como si lo que hagas hará una diferencia… porque lo hará.” William James.

En este suceso, hacer lo correcto se veía muy difícil. Me sentía terriblemente mal, quizás hasta algunos pudieron haber justificado el haberme saltado al fila por mi malestar. El asunto aquí es que no importa cuan difícil sea hacer lo correcto, –que muchas veces algo difícil y algo correcto es lo mismo– siempre tenemos que buscar hacerlo. Tenemos que creer en la eficiacia de uno mismo; creer que en realidad nuestros actos pueden tener un impacto y hacer la diferencia aún y cuando sea uno sólo. En mi caso tuve la fortuna de ver los efectos directamente. Tuve la suerte de ver cómo una familia decidió “hacerlo bien”. Y aún más satisfactorio e impresionante, tuve la dicha de recibir un mensaje de la vida claramente diciéndome “hiciste bien, aquí está tu recompensa”.

Lección II: La verdadera recompensa de hacer lo correcto se encuentra dentro del que lo hace

Hacer lo correcto no siempre va a tener efectos y recompensas como las que yo tuve. De hecho, casi nunca las tiene tan visibiles y por eso es que quizás muchas veces se nos es muy difīcil hacerlo. La consecuencia más importante de hacer lo correcto estará dentro de la persona que lo hace. Yo en realidad no necesitaba que se abriera la nueva fila y pasar más rápido para sentir satisfacción, por su puesto que no. Yo ya me sentía en paz y con una alegría enorme por el simple hecho de haber actuado con honestidad. Me sentía orgulloso de mí independientemente de lo que iba o pudiera pasar. Así finalmente aprendí que la verdadera recompensa de hacer lo correcto se encuentra dentro del que lo hace y es ahí, dentro de nosotros mismos, donde debemos de buscar la única razón para hacerlo.

Extracto del libro “Para Ti” de Farid Dieck.