Para ti: lecciones de un viaje inesperado II

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Salida del aeropuerto.

El reloj marcaba exactamente las 5:00 p.m cuando nos dirigimos a la puerta de salida. Habíamos quedado con Adelio, el organizador del evento, de que nos iba a recoger ahí para llevarnos a la villa de Saugerties, la cual se encontraba a unas dos horas de la ciudad y en donde estaba el departamento que nos alquiló. Por un momento pensamos que nos había dejado pues no teníamos forma de comunicarnos con él y ya habían pasado cuatro horas de la supuesta hora de llegada. Se abrió la puerta y lo primero que vimos fue un montón de gente que venía a recoger pasajeros. ¿Cómo íbamos a encontrar a Adelio? Pensamos Roberto y yo. De pronto dos hombres, uno chaparrito y otro muy grandote, se nos acercaron. Eran Adelio y su amigo Willfredo. Nos reconocimos, nos saludamos y nos dimos un abrazo para después caminar hacia el carro en donde nos llevarían a nuestro destino. Al salir por fin al aire libre, respirarlo y sentir su frescura, se me fue quitando poco a poco mi malestar físico. Quizás su única razón de haber sido fue para darme la lección del aeropuerto, o quizás simplemente necesitaba aire…como tu lo quieras ver. Nos subimos al carro y, como en secreto, se me salió una pequeña sonrisa. Ya estábamos en Nueva York.

Había escuchado que el tráfico en “la ciudad que nunca duerme” era increíble pero una cosa es oírlo y otra completamente diferente es presenciarlo. Nunca había visto una cantidad de automóviles y de filas sin avanzar como las que estaba viendo en ese momento. En fin, tomamos ventaja de esto para platicar, y conocernos un poco más a fondo ya en persona. Adelio me parecía diferente. Si bien por Facebook era realmente intenso y platicador, en persona era casi lo opuesto. Tanto él como su amigo y paisano guatemalteco Willfredo, de repente hacían alguna que otra pregunta o sacaban algún tema para comentar pero si nosotros no tomábamos la iniciativa, ellos tampoco lo hacían. Así pues, quienes empezamos a agarrar las riendas de la conversación fuimos Roberto y yo, y así fue prácticamente durante toda nuestra estadía. Todos conectamos como de manera natural. Rápidamente se eliminó la tensión, platicamos, reímos y todos nos caímos muy bien. Al salir ya de la ciudad de Nueva York, alrededor de las 6:00 p.m, buscamos un lugar para comprar comida para llevar pues Willfredo tenía prisa de llegar a un partido de fútbol en el que iba a jugar. Faltaba una hora y media para que empezara su partido y nos iba a llevar hasta Kingston para después tener que regresarse a un campo que ya habríamos pasado y que se encontraba a una hora de donde nos iban a dejar. Era matemáticamente imposible que Will pudiera llegar a tiempo a su partido pues todavía estábamos, de hecho, como a una hora y media de llegar a nuestro destino. Sin embargo, él nunca puso una sola cara de desesperación, mal humor, nada, al contrario, siempre cargaba con una sonrisa y una disposición entera para con nosotros sus invitados. Qué gran hombre Willfredo.

Finalmente encontrarmos un restaurante de comida rápida y la bondad de Adelio se volvió a manifestar al no permitirnos pagar por la comida. “Probablemente es sólo esta vez por que acabamos de llegar”, pensé yo.  Sin más, regresamos al carro y Roberto y yo no dejamos pasar un solo segundo para deborarnos la comida pues llevábamos desde la mañana sin comer. Con la panza llena, cansancio acumulado y la misma canción en repetición, caímos dormidos Roberto y yo.

Desperté y ya estábamos entrando a Kingston. El reloj daba las 8:00 p.m cuando Willfredo nos dejó en su casa –y de Adelio– para irse a su partido e intentar alcanzar a jugar aunque sea poco. Por nuestra parte, nos cambiamos al carro de Adelio y fuimos a un bar-restaurante a tomar unas cervezas, cenar algo y platicar agusto antes de llegar a dormir al departamento. Adelio volvió a pagar por cada una de nuestras cervezas y platillos y algo me decía que no tenía la intención de que fuera diferente en las futuras ocasiones. Así pues, seguimos con nuestro camino y finalmente llegamos a Saugerties donde se encontraba nuestro departamento. La villa era realmente hermosa y Adelio nos volvía a sorprender con sus atenciones. el departamento se encontraba justo a lado de un lago, con kayaks y lanchas incluidas. Teníamos un cuarto personal para cada quien, con comedor, cocina y sala de estar. Aún así, noté a Adelio algo acelerado y preocupado como si pensara que el departamento no iba a ser suficiente para nosotros. Sí tan sólo supiera que tanto Roberto como yo nos hubieramos conformado con dormir en el piso de su casa. “Esto es más que suficiente, Adelio” Le dije para calmar un poco su preocupación. Ya terminando de instalarnos, quedamos en que nos iba a recoger a las 10:00 am para ir a conocer una reserva ecológica en una montaña cercana a nuestra villa. Nos despedimos, Adelio se fue a su casa, y Roberto y yo nos metimos directamente a dormir para cerrar el inicio de un viaje lleno de curiosidades.

Extracto del libro “Para Ti” de Farid Dieck